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19 de junio de 2010

LA MISIÓN (1986). Roland Joffé. Drama.

Damos un salto atrás en el tiempo y nos trasladamos al siglo XVIII, al corazón de la selva sudamericana, en las inmediaciones de las cataratas de Iguazú. Un paisaje idílico, lejano de cualquier “civilización”, es el marco de esta historia de amor, valentía y traición. Un homenaje a la generosa labor de los jesuitas en favor de los nativos y, al mismo tiempo, un testimonio de las contradicciones de nuestro mundo “civilizado”: la luz, representada por el trabajo de los jesuitas, y la oscuridad, patente en el pragmatismo político y la avaricia sin control, hasta el punto primar los intereses económicos sobre cualquier otra consideración.

En aquella época grandes terrenos de América del Sur permanecían  todavía vírgenes y sus riquezas naturales eran causa de abiertas disputas entre las potencias de la época. Singularmente entre España y Portugal.

Este es el contexto histórico en que debemos situar a los dos protagonistas principales de La Misión: el padre Gabriel y Rodrigo Mendoza, dos hombres con cualidades innegables y atractivas.

El padre Gabriel es un jesuita que dirige una misión entre Paraguay y Brasil. No ha sido fácil conseguir civilizar a los indios guaraníes, pero su fe, su audacia, su valentía y la confianza en Dios cultivada en la oración han conseguido el milagro. No tiene otra arma que el amor y con ella afronta su misión lleno de esperanza y convicción. Cuando pasa el tiempo vemos los frutos; los indios están magníficamente organizados en explotaciones agrarias llamadas reducciones y los efectos de la catequesis son palpables. Todo esto no hubiera sido posible sin las virtudes del padre Gabriel, ni sin la colaboración de sus compañeros de orden. Es un hombre de fe y, precisamente por ello, muestra una personalidad riquísima, en la que brillan virtudes y valores como la alegría, la generosidad, la valentía, la solidaridad, la defensa de los derechos humanos, la comprensión, el desprendimiento o la constancia. Cuando las cosas se ponen difíciles y ve que la labor de tantos años se puede ir a pique por intereses políticos, intenta por todos los medios pacíficos defender los intereses de aquellas criaturas, tan hijas de Dios como los portugueses o los españoles, permaneciendo junto a ellas sin abandonarlas a su suerte.


El padre Gabriel es un ejemplo de audacia. Su vocación apostólica lo conduce hasta una zona recóndita del Amazonas con el único afán de servir a Dios y a las almas de los indígenas. Tendrá que vérselas con un pueblo hostil que no se caracteriza, precisamente, por el buen trato dispensado a los misioneros. Se adentra en aquellos parajes inhóspitos sin otra arma que una flauta y un corazón enamorado de Dios y de los hombres. Es una empresa valiosa y el riesgo asumido es compensado sobradamente con los beneficios que puede reportar. De hecho, cuando pasa el tiempo observamos la profunda transformación experimentada por los guaraníes. De vivir en un estado salvaje, han pasado a una forma de vida organizada en torno al poblado, donde aprenden oficios y cultivan el espíritu. Nuevamente se pone de manifiesto la insospechada capacidad de bien de todo ser humano. “Sólo” es cuestión de coherencia y de mantenerse firmes, con los ojos fijos en la meta, cuando las circunstancias se ponen imposibles. Porque… nada hay imposible para un alma enamorada.

Rodrigo Mendoza tiene un modo de ser radicalmente diferente, pero ciertamente atractivo. Después de haber ejercido de traficante de esclavos y haber llegado hasta el extremo de haber matado a su hermano por una cuestión de faldas, siente el peso de la culpa y, gracias a la ayuda del padre Gabriel, recupera la esperanza perdida. Resulta conmovedor ver a un hombre de su temperamento pidiendo la admisión en los jesuitas y plegándose a las exigencias de la obediencia y la humildad. También él decide apoyar a los indios contra las consecuencias del acuerdo entre Portugal y España pero, a diferencia del primero, piensa que el mejor modo de hacer frente a la injusticia es responder a la violencia con violencia. Ahí queda planteada la pregunta: ¿hasta dónde y en qué circunstancias es lícito el empleo de la fuerza como método de defensa de los propios derechos?

Como se deduce de todo lo dicho, los personajes más odiosos no son otros que los respectivos representantes de España y Portugal. El primero es un personaje grosero y ambicioso, sin ningún tipo de escrúpulos. El segundo es un cínico. Tampoco sale bien parado el Legado papal, incapaz de sacudirse la visión pragmática del problema.

La Misión es una película particularmente interesante para plantear discusiones sobre la licitud del uso de la fuerza, sobre las consecuencias “colaterales” de decisiones políticas o geoestratégicas, sobre las distintas formas de esclavitud que se pueden dar en nuestro mundo y la responsabilidad de todos en la defensa de los derechos de los más desfavorecidos, sobre las diferencias insalvables entre países y, para terminar, sobre la culpa, el perdón y la redención.

Sin duda, una gran película la que nos ofrece Roland Joffé, con espléndidos parajes naturales y una inolvidable música de Ennio Morricone.

Más información en decine21.com.

3 de febrero de 2009

MATAR UN RUISEÑOR

Harper Lee

NOVELA


"Cuando se acercaba a los trece años, mi hermano Jem sufrió una grave fractura del brazo a la altura del codo. Cuando sanó y sus temores de que jamás podría volver a jugar al fútbol se diluyeron, raras veces se acordaba de aquel percance. El brazo izquierdo le quedó algo más corto que el derecho; si estaba de pie o andaba, el dorso de la mano formaba casi un ángulo recto con el cuerpo y el pulgar rozaba el muslo. A Jem no podía preocuparle menos, con tal que pudiera pasar y chutar."

Jean Louise Finch evoca con mirada penetrante una época de su infancia en Alabama, cuando su padre, Atticus, abogado íntegro, decidió defender ante los tribunales a un hombre negro acusado de violar a una mujer blanca. Esta decisión, que mantuvo con entereza, dió lugar a no pocos problemas personales y familiares.

Matar a un ruiseñor presenta unos personajes entrañables y auténticos, que viven en una pequeña comunidad del sur de Estados Unidos, en la década de los años 30. Se trata de una sociedad dominada por los prejuicios raciales, la desconfianza hacia lo diferente, y con un sistema judicial que no garantiza la igualdad de todos ante la ley. Sin embargo, en medio de esta atmósfera opresiva, brilla con luz propia la honestidad de un hombre capaz de ser fiel a sus principios con todas las consecuencias. Hombres como Atticus Finch, siempre al lado de la verdad y la justicia, devuelven la esperanza en las infinitas posibilidades que alberga el alma humana.

Con este libro, su única obra, la estadounidense Harper Lee ganó el premio Pulitzer en 1961. Al año siguiente fue llevada al cine magistralmente por el director Robert Mulligan, logrando una película inolvidable y, seguramente, una de las mejores de la historia del cine -Oscar al mejor guión (Horton Foote) y al mejor intérprete masculino (Gregory Peck)-.

Harper Lee (Monroeville, Alabama, 1926), se inspiró en unos desgraciados incidentes racistas, que tuvieron lugar en una localidad cercana a su ciudad natal, cuando ella contaba con cinco años, para escribir Matar a un ruiseñor. Obra que, a la postre, se convertiría en un clásico de la literatura del siglo XX y de todos los tiempos. Fue muy amiga de Truman Capote en quien, al parecer, se inspiró para dar cuerpo a uno de los protagonistas de la historia.

Ediciones Zeta. Título original: To Kill a Mockingbird (1960 by Harper Lee). Traducción: Baldomero Porta.

Para saber más sobre este libro, recomiendo una visita a Bienvenidosalafiesta
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